
lunes, 16 de mayo de 2011
El Go

A Parrot's Tale
Si alguien miraba hacia la ventana, podía ver dos cortinas diferentes: la primera, en el interior, estaba hecha de grueso y largo terciopelo verde oscuro; la segunda, esta vez en el exterior, era una cortina dinámica y monocromática: la lluvia, gris y opaca, que repiqueteaba contra el cristal creando así un sonido constante y agradable. Eso era lo que él escuchaba cada noche, en la oscuridad, confinado en su esquina junto a la lámpara y el sofá de cuero. Algunas veces, admitía, no era del todo aburrido, pues a través de la ventana se divisaba con claridad la acera y a la gente paseando, sumida en sus ininteligibles conversaciones. Otras, sin embargo, resultaban claramente insoportables; como aquella, en la que la lluvia le impedía observar a los transeúntes.La puerta se abrió de golpe, como siempre, evitando así el estallido de furia fruto del aburrimiento que hubiese tenido lugar tan solo unos segundos más tarde. Sus ojos, avispados y penetrantes, se clavaron en la figura del recién llegado: un hombre de mediana edad, calvicie incipiente, gabardina gris y maletín oscuro. Entre suspiros, el confinado lo observo ejecutar su modus operandi diario sin ninguna variación: suspirar cansado, dejar el maletín junto a la puerta y colgar la gabardina en el perchero. Bueno, no, sí que había una variación: el maletín relucía por el agua y la empapada gabardina, ennegrecida y pesada, chorreaba y dejaba un reguero creciente en el suelo.
– ¡Ah, ahí estás! – el señor Rodríguez, que así se llama, lo saluda y lo mira mientras se le acerca, rebuscando en sus bolsillos y sacando una bolsa de galletas; al verla, comienza a agitarse – Temí que te hubieras escapado.
– Hola – es todo lo que dice él, con una voz ronca y extravagante.
– ¿Hola? – el señor Rodríguez se ríe, ofreciéndole una galleta. Él la picotea un poco – ¿Aún no sabes decir ninguna otra palabra?
– Hola – responde él, reiterativo – hola, hola, hola, hola – prosigue; bueno, no es culpa suya no haber aprendido ninguna otra, ¿no? Como para reafirmarse, agita las alas y repite: – Hola.
– No pasa nada, Arquímedes – dice el señor Rodríguez, comprensivo y optimista – Mañana aprenderás otra.
Ojalá, se dice Arquímedes, al menos así no se morirá de aburrimiento una noche más. Porque, ay, tal es la cansada vida de un loro.
domingo, 8 de mayo de 2011
Monólogo interior
Prometí subir escritos, y eso hago. Inauguro mi promesa con un pequeño brote paranoico surgido por culpa de mi profesor de Creación Literaria. ¿Qué teníamos que hacer? Un monólogo interior. No creo que sea una maravilla y mi inspiración no estaba en su apogeo como para estar realmente orgullosa de él, pero creo que está decente y que no está mal actualizar el cofabandonadocof blog con él.
Ah, por cierto: no tiene título. Como toda buena paranoia mental, darle un nombre sería como desvelar un parte su secreto... o eso creo.
Ea, ahí lo dejo.
~~~~~~~
Nada... nada... nada... nada... y ahora... ¡algo! Hay algo, ahí, al fondo, en lo más profundo. Lo percibo, lo siento, es... luz. Un fulgor, blanquecino, igual que mi propia piel. En qué cosas pienso, en mi piel; ¿acaso importa? Maldita sea, no: hay algo más crucial, preguntas que necesitan respuesta. Por ejemplo, ¿quién soy?, ¿qué hago aquí?, ¿por qué floto en un mar de incertidumbre?
Así es, sí: aún hay luz. Pero... ¿la hay? ¿Y cómo es posible? Todo había ocurrido así, en un suspiro, en una partícula de microsegundo. ¡Zas! Y la oscuridad, así de sencillo, me había engullido. Pero por extraño que parezca, no consigo recordar nada de lo que había sucedido anteriormente; a no ser que... un momento. Sigo flotando, ¿verdad? Pero voy a probar a mover mis manos... las muevo, sí, siento que las muevo... aunque al mismo tiempo, no lo siento, como si las articulaciones de mi cuerpo fueran completamente ajenas a la imperiosa orden de mi cerebro. Pero me muevo, que es lo que importa. Vamos, sigue adelante, abraza la oscuridad, esa que ahora te arropa y que parece un estanque de petroleo: tan opaco como espeso y difícil de atravesar. ¡Ja, ja! ¡Si hasta soy capaz de hacer metáforas en un momento como éste! Me siento... me siento extañamente bien. Agudo, quizá. Soy capaz de utilizar mi mente, pero no de averiguar dónde estoy, ¿no es gracioso?
Vale, tienes razón, no lo es. Joder, ¿pero ahora con quien demonios estoy hablando? ¿Quién eres? Sí, tú, ese que me escucha; ése que me está respondiendo. ¿Cómo dices?, ¿que soy... YO? Lo que yo creo es que no eres más que un condenado bastardo. Inmundicia, que en un momento tan delicado como éste se empeña en señalarme lo más obvio del mundo. Ya sé que no estoy siendo gracioso; ya sé que no debería reirme... pero, ah, Dios mío, comprendo demasiado bien esa carcajada: es un inhalador. La necesito, ¿entiendes?, para respirar. La quiero para vivir. Sobrevivir.
He dicho "Dios mío"... no soy creyente, pero quizá Él pueda ayudarme ahora mismo. Vamos, no te detengas: sigue nadando, y llega hasta el final. Ahí, al final del todo, distingo una puerta... qué curioso, nunca había visto una puerta con semejante aspecto; parece como si... como si vibrara. ¡No! Ahora no vibra, ¡gira sobre sí misma! Es un torbellino, un vórtice, una espiral que... ugh... no, no, no, esto sí que no, me estoy mareando. Aguarda... ¡deja ya de empujarme!, ¿eres tú de nuevo? No me empujes, ¡yo no quiero ir hacia esa puerta! ¡No quiero! ¡Allí está el infierno, una oscuridad aún más densa que ésta! Tengo miedo, mucho... miedo. ¿Qué es esto que estoy sosteniendo? Es duro, y reconfortante también. Me mitiga los temblores. Esto es... ah, ya sé: son mis piernas; quién me ha visto y quién me ve, abrazándome a mí mismo en posición fetal, como un indefenso bebé. No soy un bebé, ¡soy una persona adulta! ¡Soy...! Ah, los recuerdos... los recuerdos... son como una migraña, me azotan y me envuelven, sin piedad. Qué cruel... y mientras, sigo llegando a la puerta. Aunque ahora, no sé por qué, tengo una certeza: si la atravieso, seré libre. Entonces, nada. Nada. ¡Nada! ¡NADA!
La luz... ahí está. Es ésa, es la misma. Y yo la voy a atravesar. Debo hacerlo. ¿Dónde está mi capacidad para las metáforas?, vamos, vuelve... sí, la atravesaré como una aguja atraviesa un trozo de tela. Aunque eso es más bien un símil... sí. Y ya no sé... ya no sé qué cosas digo... la luz crece y vence a la oscuridad. Y ahora, al fin, no veo más que blanco. Como mi piel. Y luego...... ¿silencio...?
Noto un escozor, es lejano... qué sensación más agradable. Aunque crece, ahora duele. Crece, crece demasiado... ¡es espantoso! ¡Duele! ¡Ah, no! ¡No! ¡Basta, por favor! ¡Parad, parad! No quiero gritar... y sin embargo, ¿estoy gritando? La irrealidad ahora parece realidad. ¿Estoy abriendo mis ojos? Escuecen, también. Quizá parpadeando se me pase... no, no se me pasa, pero distingo mejor lo que mis pupilas captan. Dos sombras grises, fantasmas. Y sobre ellos... ¿la luz de un plafón? “Ha despertado, doctor”, ¿he oído bien? Ah, ya lo entiendo, lo entiendo muy bien.
Estoy... vivo...
