miércoles, 25 de septiembre de 2013

La muñeca



El trazo del lápiz sobre la lámina de dibujo es delicado y fluido. Si uno lo contempla con atención, lo más probable es que su percepción lo confunda con la visión metafórica de un río gris oscuro, irregular, trotando sobre una planicie nevada. Unas cuantas intervenciones danzarinas revelan que algunas de esas curvas está destinadas a convertirse en ojos; unos ojos grandes, de pestañas largas. El talle fino, los labios gruesos y el cabello corto en una nebulosa de rizos oscuros se unen a la postre a la comparsa inaugurada por esos ojos, entre otros elementos que no destacan tanto. Una vez entintado, el color quiere hacernos saber que la piel de la muchacha es muy blanca; y su ropa, de un inusual color café.

El zumbido del horno es monótono y constante; el calor hace pensar en un verano eterno, siempre en su apogeo. El dibujo ha dado sus primeros pasos en la tercera dimensión; ahora, es un molde esperando germinar vida. El zumbido se convierte en un siseo serpentino, aunque la serpiente que evoca parece de vapor y de metal. El plástico líquido, fundido por un sol inexistente pero palpable, cae de continente a continente mediante una inyección. Si uno se detiene a observar la sinuosidad del hilillo que brota dentro del tubo de plástico, blanco perlado y humeante, encontrará a la serpiente que sisea; aunque no es de metal, eso desconcierta.

La muchacha existe a medias, un cuerpo femenino y sólido ahora debidamente moldeado y frío. Está sentada en el bordillo de una encimera, la cabeza ligeramente ladeada, las piernas y los brazos flexionados. Su aspecto es el de cualquier muñeca articulada de movimientos limitados, pero ahora nadie la va a mover: aún no está terminada. La luz dorada del horno, siempre en marcha, se proyecta a medias sobre su silueta, potenciando un aspecto esencialmente diabólico y triste a su vez. Su cabeza calva, taladrada de agujeros negros, espera injertos de cabello que no parecen llegar nunca. Solo tiene un ojo pintado como es debido, y muy azul; el otro sigue siendo una esfera blanca ausente de vida.

El toque final. El pincel acaricia con la delicadeza de un amante el iris blanco de la muchacha. Ahora, es tan azul como el otro. Sus labios también son muy rojos, tanto como en el boceto que dio pie a su nacimiento. Sonríe, un rictus eterno. Es preciosa, o lo sería de tener cabello; al parecer, hay un problema con los injertos, maquinaria estropeada, y no van a poder realizarse. Hay que improvisar: una peluca de cortos rizos oscuros hace el resto y oculta las lagunas de la creación. Ya está lista, solo hay que vestirla; su traje color café ya aguarda a tapar sus virtudes artificiales.

Las manos que sujetan a la muchacha le ponen una etiqueta mientras la llevan pasillo a través a algún lugar desconocido. “Laura”, así se llama. El pasillo desemboca en una ventana. A través de ella, el mundo azul permanece estático en su aparente eternidad, flotando entre las estrellas. Una de las manos destraba los cierres de seguridad de la ventana y la abren. En el espacio, el manto estelar se ve de súbito interrumpido por una figura geométrica rectangular; en la cual, un observador externo podía ver tanto a Laura y a su creador. Pero no hay observadores externos. Nunca los hay.

Las manos se estiran a través del cuadro oscuro ribeteado de puntos blancos y entra en el mundo azul. Con toda la delicadeza de la que es capaz, sienta a Laura en la silla de un café al aire libre, cruzando sus piernas en una postura muy femenina. Laura, es de día. Laura, tienes que seguir con tu vida. Un dedo largo acaricia su mejilla con contenida emoción; aquel es el culmen de su arte, la belleza en sí misma. Pocas creaciones posteriores superarán la magnificencia de Laura. Laura es tan hermosa...

Las manos se retiran. La ventana se cierra.

En el café Pandora, Laura no es consciente de las risas y de las charla de su alrededor. Está sentada con las piernas cruzadas, muy elegante, y la falda de su vestido revela unas atractivas formas femeninas. Al parecer, los hombres que pasan y la contemplan sin darse cuenta tampoco pueden dejar de notarlo, con obvia fascinación. Ella tampoco se da cuenta de ello: sus ojos azules mantienen la mirada perdida fija en un punto concreto del suelo, en una hilera de hormigas que portan el cadáver de algún insecto que ya ha perdido su identidad original.

Una brisa de aire sacude las hojas de los árboles y el toldo de las sombrillas. Laura se sobresalta y se tensa, agarrándose en una especie de manía refleja el corto cabello de rizos oscuros. Mira a su alrededor; a la gente le da igual, piensan que teme despeinarse. Ninguno de esos desconocidos risueños imaginan que lo que en realidad teme es que sus rizos salgan volando. No hace muchas semanas que empezó con la quimioterapia; aquel era un mal necesario, aunque todo apunta a que el cáncer no piensa remitir con facilidad. Quizá nunca lo hiciera.

De sus labios rojos escapa un suspiro entrecortado. La realidad, cruel y simple, se cierne sobre ella. Quizá no es más que una muñeca. Tal vez su libertad no sea sino una ilusión de libertad y sus movimientos dependan de las manos de alguna niña caprichosa. Si así es, ¿de qué sirve tanta angustia, tanta ansia de sobrevivir?

Laura no puede sospechar que sus treinta y dos años de vida ya han sido imaginados por esa mente caprichosa que dista mucho de ser la de una niña, aunque a veces tiene la impresión de que solo lleva en el mundo un instante. ¿Quién estaría dispuesto a darle la razón con esa hipótesis?, ¿las familias felices de su alrededor, que pasean una tarde soleada felices y seguros de su existencia y la del prójimo? Los recuerdos para ellos son tangibles, reales. ¿Lo son?

El camarero interrumpe sus pensamientos. “¿Algo más?”, inquiere. Los ojos azules de Laura, profundos y bellos, lo observan un instante, sin verlo.

“No, gracias”. Se incorpora con torpe elegancia, una gracia paradójica peculiar en ella, y saca del monedero lo que le ha costado el café. Deja caer la moneda sobre la palma expectante del camarero, sin percatarse de lo embriagado que parece estar él con su mera presencia. Acto seguido, se va.

Pero antes, sonríe. Laura siempre sonríe.

viernes, 12 de abril de 2013

El pasillo del 3º B


El pasillo era la caja resonadora de los pasos que se apresuraban en una cadencia rítmica y continuada, rumbo a ningún destino concreto. Unos entrecortados jadeos acompañaban en aquella actuación musical improvisada. Podría decirse que el expectante silencio se llenaba de aquella combinación extrañamente armónica, pues formaba un todo incompatible con el vacío y con la ausencia de sustancia.

Un hombre giró la esquina y se dejó ver a la luz parpadeante y tenue del mugriento escenario. La variada pintura roja, verde, azul, negra e infinita del graffiti patinaba sobre las paredes como un profesional danzando sobre el hielo en un sucedáneo de pesadilla, pues eso es lo que era al lado de las vivencias del protagonista. Él se confundía con el sombrío entorno; no era más que una brisa fugaz de viento que arrastraba ese “algo” que crees ver cuando avanzas distraído por la calle pero que desaparece cuando intentas fijar tu vista en ello.

Un cartel oxidado y desgastado colgado junto al ascensor rezaba en letras negras “3º B”. Ni lo miró: conocía de él cada línea y cada detalle insignificante.

La cara resplandecía en sudor. Los labios cuarteados se entreabrían para cederle cortés paso a los jadeos anteriormente mencionados. Unos ojos vidriosos mostraban tal grado de terror que el brillo febril había terminado por ahogar el color original, a saber cuál.

Miró tras él; ahí estaban, los ojos eternos de su perseguidor. Parecía joven e inocente, pero él sabía muy bien que no lo era, pues no hay mayor malevolencia que la que nace de una ignorancia egoista. Y corría, y corría, siendo consciente de que la cacería nunca llegaría a su fin; sabiendo de antemano que cuando el cazador de nuevo así lo deseara, reiniciaría la tortura haciendo uso de la rueda eterna que no cesaba nunca, una vez había empezado a girar.

Gritó a medias sin dejar de correr, sin saber exactamente por qué la vida lo había condenado a una tarea ebria de tanta angustia y buscando una vez más, sin éxito, una solución; una vía de escape.

Fuera, el niño suspiró también y apagó la tele. Ya había visto esa película demasiadas veces y estaba cansado de aquella escena. Descansaría de ella un tiempo.

El perseguido sonrió, enloquecido y aliviado. Luego, se echó a llorar en la oscuridad de su universo.