El trazo del lápiz sobre la lámina de
dibujo es delicado y fluido. Si uno lo contempla con atención, lo
más probable es que su percepción lo confunda con la visión
metafórica de un río gris oscuro, irregular, trotando sobre una
planicie nevada. Unas cuantas intervenciones danzarinas revelan que
algunas de esas curvas está destinadas a convertirse en ojos; unos
ojos grandes, de pestañas largas. El talle fino, los labios gruesos
y el cabello corto en una nebulosa de rizos oscuros se unen a la
postre a la comparsa inaugurada por esos ojos, entre otros elementos
que no destacan tanto. Una vez entintado, el color quiere hacernos
saber que la piel de la muchacha es muy blanca; y su ropa, de un
inusual color café.
El zumbido del horno es monótono y
constante; el calor hace pensar en un verano eterno, siempre en su
apogeo. El dibujo ha dado sus primeros pasos en la tercera dimensión;
ahora, es un molde esperando germinar vida. El zumbido se convierte
en un siseo serpentino, aunque la serpiente que evoca parece de vapor
y de metal. El plástico líquido, fundido por un sol inexistente
pero palpable, cae de continente a continente mediante una inyección.
Si uno se detiene a observar la sinuosidad del hilillo que brota
dentro del tubo de plástico, blanco perlado y humeante, encontrará
a la serpiente que sisea; aunque no es de metal, eso desconcierta.
La muchacha existe a medias, un cuerpo
femenino y sólido ahora debidamente moldeado y frío. Está sentada
en el bordillo de una encimera, la cabeza ligeramente ladeada, las
piernas y los brazos flexionados. Su aspecto es el de cualquier
muñeca articulada de movimientos limitados, pero ahora nadie la va a
mover: aún no está terminada. La luz dorada del horno, siempre en
marcha, se proyecta a medias sobre su silueta, potenciando un aspecto
esencialmente diabólico y triste a su vez. Su cabeza calva,
taladrada de agujeros negros, espera injertos de cabello que no
parecen llegar nunca. Solo tiene un ojo pintado como es debido, y muy
azul; el otro sigue siendo una esfera blanca ausente de vida.
El toque final. El pincel acaricia con
la delicadeza de un amante el iris blanco de la muchacha. Ahora, es
tan azul como el otro. Sus labios también son muy rojos, tanto como
en el boceto que dio pie a su nacimiento. Sonríe, un rictus eterno.
Es preciosa, o lo sería de tener cabello; al parecer, hay un
problema con los injertos, maquinaria estropeada, y no van a poder
realizarse. Hay que improvisar: una peluca de cortos rizos oscuros
hace el resto y oculta las lagunas de la creación. Ya está lista,
solo hay que vestirla; su traje color café ya aguarda a tapar sus
virtudes artificiales.
Las manos que sujetan a la muchacha le
ponen una etiqueta mientras la llevan pasillo a través a algún
lugar desconocido. “Laura”, así se llama. El pasillo desemboca
en una ventana. A través de ella, el mundo azul permanece estático
en su aparente eternidad, flotando entre las estrellas. Una de las
manos destraba los cierres de seguridad de la ventana y la abren. En
el espacio, el manto estelar se ve de súbito interrumpido por una
figura geométrica rectangular; en la cual, un observador externo
podía ver tanto a Laura y a su creador. Pero no hay observadores
externos. Nunca los hay.
Las manos se estiran a través del
cuadro oscuro ribeteado de puntos blancos y entra en el mundo azul.
Con toda la delicadeza de la que es capaz, sienta a Laura en la silla
de un café al aire libre, cruzando sus piernas en una postura muy
femenina. Laura, es de día. Laura, tienes que seguir con tu vida. Un
dedo largo acaricia su mejilla con contenida emoción; aquel es el
culmen de su arte, la belleza en sí misma. Pocas creaciones
posteriores superarán la magnificencia de Laura. Laura es tan
hermosa...
Las manos se retiran. La ventana se
cierra.
En el café Pandora, Laura no es
consciente de las risas y de las charla de su alrededor. Está
sentada con las piernas cruzadas, muy elegante, y la falda de su
vestido revela unas atractivas formas femeninas. Al parecer, los
hombres que pasan y la contemplan sin darse cuenta tampoco pueden
dejar de notarlo, con obvia fascinación. Ella tampoco se da cuenta
de ello: sus ojos azules mantienen la mirada perdida fija en un punto
concreto del suelo, en una hilera de hormigas que portan el cadáver
de algún insecto que ya ha perdido su identidad original.
Una brisa de aire sacude las hojas de
los árboles y el toldo de las sombrillas. Laura se sobresalta y se
tensa, agarrándose en una especie de manía refleja el corto cabello
de rizos oscuros. Mira a su alrededor; a la gente le da igual,
piensan que teme despeinarse. Ninguno de esos desconocidos risueños
imaginan que lo que en realidad teme es que sus rizos salgan volando.
No hace muchas semanas que empezó con la quimioterapia; aquel era un
mal necesario, aunque todo apunta a que el cáncer no piensa remitir
con facilidad. Quizá nunca lo hiciera.
De sus labios rojos escapa un suspiro
entrecortado. La realidad, cruel y simple, se cierne sobre ella.
Quizá no es más que una muñeca. Tal vez su libertad no sea sino
una ilusión de libertad y sus movimientos dependan de las manos de
alguna niña caprichosa. Si así es, ¿de qué sirve tanta angustia,
tanta ansia de sobrevivir?
Laura no puede sospechar que sus
treinta y dos años de vida ya han sido imaginados por esa mente
caprichosa que dista mucho de ser la de una niña, aunque a veces
tiene la impresión de que solo lleva en el mundo un instante. ¿Quién
estaría dispuesto a darle la razón con esa hipótesis?, ¿las
familias felices de su alrededor, que pasean una tarde soleada
felices y seguros de su existencia y la del prójimo? Los recuerdos
para ellos son tangibles, reales. ¿Lo son?
El camarero interrumpe sus
pensamientos. “¿Algo más?”, inquiere. Los ojos azules de Laura,
profundos y bellos, lo observan un instante, sin verlo.
“No, gracias”. Se incorpora con
torpe elegancia, una gracia paradójica peculiar en ella, y saca del
monedero lo que le ha costado el café. Deja caer la moneda sobre la
palma expectante del camarero, sin percatarse de lo embriagado que
parece estar él con su mera presencia. Acto seguido, se va.
Pero antes, sonríe. Laura siempre
sonríe.

