viernes, 12 de abril de 2013

El pasillo del 3º B


El pasillo era la caja resonadora de los pasos que se apresuraban en una cadencia rítmica y continuada, rumbo a ningún destino concreto. Unos entrecortados jadeos acompañaban en aquella actuación musical improvisada. Podría decirse que el expectante silencio se llenaba de aquella combinación extrañamente armónica, pues formaba un todo incompatible con el vacío y con la ausencia de sustancia.

Un hombre giró la esquina y se dejó ver a la luz parpadeante y tenue del mugriento escenario. La variada pintura roja, verde, azul, negra e infinita del graffiti patinaba sobre las paredes como un profesional danzando sobre el hielo en un sucedáneo de pesadilla, pues eso es lo que era al lado de las vivencias del protagonista. Él se confundía con el sombrío entorno; no era más que una brisa fugaz de viento que arrastraba ese “algo” que crees ver cuando avanzas distraído por la calle pero que desaparece cuando intentas fijar tu vista en ello.

Un cartel oxidado y desgastado colgado junto al ascensor rezaba en letras negras “3º B”. Ni lo miró: conocía de él cada línea y cada detalle insignificante.

La cara resplandecía en sudor. Los labios cuarteados se entreabrían para cederle cortés paso a los jadeos anteriormente mencionados. Unos ojos vidriosos mostraban tal grado de terror que el brillo febril había terminado por ahogar el color original, a saber cuál.

Miró tras él; ahí estaban, los ojos eternos de su perseguidor. Parecía joven e inocente, pero él sabía muy bien que no lo era, pues no hay mayor malevolencia que la que nace de una ignorancia egoista. Y corría, y corría, siendo consciente de que la cacería nunca llegaría a su fin; sabiendo de antemano que cuando el cazador de nuevo así lo deseara, reiniciaría la tortura haciendo uso de la rueda eterna que no cesaba nunca, una vez había empezado a girar.

Gritó a medias sin dejar de correr, sin saber exactamente por qué la vida lo había condenado a una tarea ebria de tanta angustia y buscando una vez más, sin éxito, una solución; una vía de escape.

Fuera, el niño suspiró también y apagó la tele. Ya había visto esa película demasiadas veces y estaba cansado de aquella escena. Descansaría de ella un tiempo.

El perseguido sonrió, enloquecido y aliviado. Luego, se echó a llorar en la oscuridad de su universo.