viernes, 23 de diciembre de 2011

Cualidad dual


No era muy difícil imaginarse aquellos atenuados rayos de sol como las brochas de un pintor deslizándose sobre un lienzo de verdor. Aún eran apenas visibles y el matiz negro del cielo comenzaba ya a adquirir un tono purpúreo. Las estrellas se evaporizaban, la luna se volvía un espectro cada vez más invisible y nadie había aún en las calles. Era el momento perfecto para salir. Era el momento perfecto para hacer lo que tenía que hacer.

Sarah Shepherd apareció en el umbral del cementerio como nacida de la mano de aquel pintor invisible; silenciosa, parsimoniosa. Su mano acarició el tacto rasposo y frío de la piedra y ella prosiguió su camino por la húmeda verja de hierro que aún acusaba la lluvia de la noche moribunda. Sus ojos estaban vacíos y ninguna sonrisa cruzaba la cara en la que se incrustaban, joven y ovalada. En realidad, solo tenía en aquel momento un punto focal de atención: la hilera de tumbas que se avistaban allá a lo lejos, junto a los abedules.
Aunque el cementerio era más bien pequeño, pues era el único en su pueblo, el trayecto hacia la tumba que necesitaba contemplar le pareció largo y casi fruto de una ensoñación. La veía ahí, claramente: gris, semicircular, con su epitafio firmemente grabado; igual a todas las demás y al mismo tiempo tan distinta... era muy curioso ese hecho, pues realmente le parecía que los brochazos cada vez más luminosos del pintor insistían en depositarse sobre esa tumba en concreto, como si el hacedor de arte que guiaba sus pasos y pintaba ese paisaje le dijera: “es ahí; avanza, acércate, ven”.

Sarah zigzagueó entre las tumbas procurando no hacer ruido, no sabría decir exactamente por qué. Las suelas de sus botas contra la hierba mojada producían un suave sonido de fricción, muy agradable y compatible con la armonía del amanecer. Sin embargo, cuando por fin llegó a su destino todo pensamiento acerca de sonidos y visiones externas desapareció de su mente. Ante ella se alzaba la tumba, terrible y grotesca; le parecía ver en esa lápida facciones humanas que sonreían con malévola complacencia, siendo casi un vigía de quien dormía bajo tierra en el encierro del Sueño Eterno.

Tras unos lánguidos instantes de silencio, Sarah se dejó caer sin prisa sobre sus rodillas. Debería sentir el gélido tacto de la hierba en sus rodillas desnudas, pero no sentía absolutamente nada. Lo único que sentía, y que llenaba de pesar indescriptible su pecho, era la realidad que se manifestaba ante ella. Dolía. Su pecho se henchía con una angustia inimaginable que pugnaba por salir con cada latido; como si su corazón, en vez de bombear sangre, no fuese más que un cautivo que golpeaba la puerta de su diminuta celda entre desgarradores alaridos. Pero aquello... ¿era real?, ¿de veras lo era? Aún le costaba creerlo.

Sus manos temblaron con violencia cuando se alzaron para apoyar los mortecinos dedos sobre el grueso y rugoso borde de la lápida. Cada respiración costaba, era irregular y aleatoria. La verdad es que no sabía muy bien cómo era capaz de coger aire, ni por qué lo necesitaba; muerta en vida, contemplaba sin parpadear siquiera los últimos vestigios de su otra mitad. Arrugó la cara, haciendo terriblemente palpable el caótico vórtice de emociones que se agitaban bajo su carne y sus huesos.

- Me lo habías dicho - susurró, sin que su propia voz le sonase natural: era un graznido irreal que surgía de las profundidades del cuadro del pintor, y no de su garganta - , me dijiste que siempre estaríamos juntas: yo contigo y tú conmigo. ¿No era cierto?, ¿por qué tienes que castigarme con este pesar?, ¿este sufrimiento?

Los dedos sobre la lápida se crisparon pareciendo de repente arañas blancas. Dejó caer la cabeza y su largo, despeinado y ceniciento cabello castaño claro cerró los cortinajes de su función; la obra de teatro ahora debía ser personal, aunque los posibles espectadores no se quedarían sin nada que observar, o más bien escuchar: los gemidos de dolor, de llanto sin lágrimas, se dejaban oír en aquel amanecer cada vez más claro. Ya era hora de irse. Ya era hora de marcharse una vez más. Y mañana, con el siguiente amanecer, volvería para depositar nuevas tristezas y nuevas lágrimas de sangre sobre aquel trozo de piedra impío y desolador.

Sarah alzó la vista y, exhalando un hondo suspiro, se apartó los mechones que insistían en abrazar sus facciones y ocultarlas de miradas indiscretas, aunque allí solo espiase el pintor y tal vez la naturaleza circundante. Las arrugas habían desaparecido y la angustia había cedido el paso a la ausencia total de emociones; solo aquellos ojos sin brillo indicaban ahora la maraña de turbulenta y pútrida emoción que la embargaban.

̶- La vida es algo irrisorio...

Acarició una última vez el nombre plasmado en la lápida, tomándose tiempo para delinear cada frase, cada palabra, cada letra:

~ S A R A H · S H E P H E R D ~
Amada hija, querida hermana.
(1983 – 2011)

La brocha del pintor pasó sobre ella justo en el momento en que se incorporó. Delineó sus rasgos marchitos, sus pómulos hundidos, los labios amoratados, las venas muertas que se perfilaban hinchadas bajo una piel espectralmente muerta y los trozos de hueso apreciados bajo los boquetes de una descomposición naciente, salpicando mejillas, frente, cuello, brazos y piernas. Los ojos sin pupila del cadáver de Sarah se hundían en sus cuencas, pero aparecían a su vez colmados de una indescriptible luz titilante; era, quizá, el reflejo de algo inexplicable con meras palabras: una vida sesgada, violada, separada en dos partes y despojada del hálito vital.

El cuerpo dio media vuelta y arrastró los pies por la hierba, avanzando en apariencia sin rumbo pero buscando el único refugio firme que le servía de consuelo en los días de una eternidad vana y sin sentido: la oscuridad. Y el pintor, quizá el titiritero de las obras de arte que ha plasmado a su voluntad con cruel y vanidosa ansia de creación, iluminó una última vez aquella solitaria tumba. La tumba de algo valioso que ahora sería irrecuperable.

Los jirones del alma de Sarah Shephard dormitaban bajo la tierra.

domingo, 17 de julio de 2011

Escupir palabras de odio es divertido



No soy muy dada a escribir entradas como ésta: entradas manifestando opiniones, pensamientos, perspectivas o formas de ver la vida. Considero que son cosas que deberían hablarse en una conversación de tú a tú, conociendo a alguien directamente y permitiendo que ese alguien te conozca. El poner en palabras tales como las de un artículo de blog cuáles son tus ideales, sin ningún otro destinatario que la figura invisible del lector, puedes recurrir innecesaria e involuntariamente a la verborrea, nacida de la necesidad de que tu entrada quede bien y sea amena y legible para todos. En consecuencia, podrías embelesarte entre las teclas y acabar diciendo cosas que realmente no piensas, tan solo porque el resultado final es bonito e impactante. Por ello, siempre he querido evitar caer en eso y activar sin desearlo alguna clase de egolatría.

Pero hoy y ahora mismo en particular, me encuentro bastante inspirada con un tema en cuestión: el racismo. Dicho de otro modo, estoy bastante cabreada con él. ¿Conocéis la expresión "si me muerdo la lengua me enveneno"? En este caso, o escribo esto o acabo arrancándome las uñas de cuajo dándole vueltas y más vueltas al asunto. Y la sangre no casa demasiado bien con la pantalla de un portatil.

Antes de empezar a explicar el motivo de mi cabreo, veo bastante vital iniciar la cosa con una oposición de términos que a menudo se confunden:

Humor negro vs. Racismo

Y quien dice racismo, en este caso, también puede decir homofobia, machismo, u otras clases de inmoralidades a cual más "divertida". Sin embargo, no son los temas que me ocupan hoy. Pongámonos a definir: ¿qué es el humor negro? Una forma de humor, eso está claro; una forma de reírse, pero no sanamente, sino de las desgracias ajenas o bien de las características innatas y fisiológicas de una persona. O tal vez de catástrofes naturales, también pueden servir. En definitiva, el humor negro consiste en la risa nacida de la crueldad, pero no basta con eso: tienes que ser astuto y listo, y manejar muy bien el sarcasmo y la ironía para que la cosa funcione.

Bien, voy a aclarar una cosa: me encanta el humor negro, y yo soy la primera que suele reírse de chistes ingeniosos sobre muerte, destrucción e incluso los temas antes mencionados. Soy mujer y hay chistes machistas bastante hardcore y tocapelotas que en vez de ira me suelen arrancar una carcajada. Pensaréis, pues, "¿adónde quiere ir a parar ésta?, ¿por qué le cabrea el racismo de esa forma si ella misma acaba de admitir que se ríe de él?" Pues porque en todo, es ley de vida, existen unos LÍMITES, que sólo aquellos con un mínimo de sensibilidad, madurez e inteligencia saben ver.

Explicado esto, ahora sí, dejaré de teneros en vilo (mira, a esto es a lo que me refería antes: realmente sé que no estáis en vilo y que solo cuatro gatos se leerán al completo mi entrada, ¿pero a que queda muy bien eso de "en vilo"?). ¿Que qué es lo que me cabrea? Me cabrean los racistas de verdad: aquellos que basan su forma de pensar en el menosprecio absoluto hacia otras razas que ellos consideran inferiores, independientemente de su calidad como personas y de su (muchas veces) amplio abanico de conocimientos y experiencia. Me jode sobremanera la crueldad gratuita en momentos en los que no tiene cabida. Me toca mis cojones inexistentes la carencia total y absoluta de empatía; una persona puede tenerla en mayor o menor medida, pero no tenerla en absoluto... buf, eso ya es bastante grave. Todo eso me enerva bastante, pero no llega a sacarme de mis casillas del todo... no, lo que realmente activa mis ansias asesinas es el hecho de que esas mismas personas, cuando te atreves a decirles algo, te sueltan siempre la misma frase: "es que no tienes sentido del humor".

Recibamos con aplausos tan magnífica muestra de doble moral, estupidez e hipocresía.

Ya lo habréis concluído vosotros solos, pero sí: lo que más me jode es quien se escuda con excusas vanas, a cual más absurda, solo para no admitir algo evidente. Hijo mío, si eres racista, al menos dilo; sí, te lloverán críticas y desprecios, el mío el primero, pero por lo menos no añadirás tu estupidez innata a tu enorme lista de defectos. Porque no sé si eres muy consciente de ello, pero el tirarte todos los días de tu vida buscando a conciencia imperfecciones en sudamericanos, negros, chinos y moros; o el hacer chistes crueles incluso de aquellos que te dirigen la palabra y tú ignoras, y que demuestran ser más listos y más hábiles que tú en muchas cosas; o el limitarte a insultarlos por placer y con rabia sin ni siquiera utilizar el ingenio como arma básica para hacer reír a otros... no, todo eso no es humor negro. Eso es simplemente que eres un gilipollas.

Amigo mío, que nunca serás realmente mi amigo: si no sabes reconocer esos límites que ya he mencionado antes, y no eres capaz de distinguir en qué momento se debe bromear y en cuál no, o directamente eres incapaz de tratar con una persona que no pertenezca a tu blanca y occidental raza superior, reflexiona mis palabras. O no lo hagas, me da igual. Más bien puedes tirarte por un balcón o retozar en el barro con los cerdos, que tanto me da: eso también haría que me hormiguearan las tripas. Pero no de ganas de vomitar, sino de placer.

Otros pueden estar descojonándose ahora mismo y estar pensando que soy más estirada que un insecto palo. A ellos, como diría el señor Anderson, puedo simplemente dejarles ver mi dedo:

Esperando no haber aburrido a nadie con este desahogo, casi escrito más para mí misma que para otros, me despido por hoy. Hasta la próxima... en un lejano, muy lejano, futuro.

sábado, 18 de junio de 2011

Escaleras al abismo



La oscuridad era atroz. Aún recordaba cómo de pequeña, cuando se producía un apagón, la ansiedad invadía su ser conminándola a correr y buscar refugio en el siempre tranquilizador pecho de su madre. Pero en aquella ocasión el término “atroz” no bastaba. Esta vez la oscuridad era absoluta, más negra que la propia negrura en un anochecer sin estrellas. ¿Y la luna? No existía. En aquel mundo, el mar era la nada infinita y no había voces ni cantos de sirena que la llevasen a la superficie. No había superficie.
¿O tal vez sí? Tan solo una cosa libraba a su mente de quebrarse y caer en la locura: una serpiente albina, blanca y brillante, que atravesaba el mar negro igual que un asteroide blanco surcando el cielo. Tal vez fuera también la médula espinal del interior de un gran cuerpo; en cuyo caso, si lo seguía, podría alcanzar su yugular, la salida y la tan necesaria luz. Brillante. Esclarecedora. Balsámica.
Metáforas y símiles, todo ello, de la realidad que se presentaba ante su confusa y cansada visión: una gran escalera de mármol blanco y cientos, miles, millones de escalones que se perdían en el tiempo y el espacio. La escalera culebreaba a través de la Nada, ascendiendo quizá hasta el infinito. ¿Pero cómo podía ella saberlo? Lo único que podía hacer era seguir corriendo, llenando el entristecedor y claustrofóbico páramo oscuro con sus jadeos y el taconeo incesante de sus zapatos. Procuraba hacer mucho ruido mientras corría. Resultaba consolador.
Se sujetaba la falda del vestido mientras avanzaba, para evitar así entorpecer su marcha. Un momento, ¿cuándo se había puesto un vestido? Al mirar hacia abajo no vio lo que esperaba ver: sus vaqueros y sus cómodas zapatillas deportivas. En su lugar había unos pies descalzos. Entonces, ¿el taconeo no era más que una ilusión? En cuanto lo pensó, dejó de escucharlo. Su ropa pesaba: una gran falda color salmón con encajes, que se confundía con la blanquecina piel de sus piernas. “Así vestiría una princesa”, pensó, aunque luego le dio la sensación de que más que pensarlo había “formado” la idea en su mente. Estaba demasiado agotada y perdida como para ser capaz de componer una frase.
No recordaba cómo había llegado ahí, así que menos aún podía recordar cuándo había decidido ponerse ese atuendo. Solo deseaba una cosa: seguir corriendo. Pero aquel bucle parecía eterno, imperecedero. Al ser consciente de ello, sus ojos comenzaron a arder y la desesperación enarboló un cuchillo candente para abrirse paso a través de su alma. La punzada fue letal y dolorosa.
Entonces lo vio allí. No era más que una sombra con forma humana, cambiante y lánguida. El humanoide intangible era tan oscuro y negro como la Nada que la abraza buscando violar su ser, pero a ella se le antojaba como una especie de príncipe salvador. Y su extremidad, una garra desproporcionada de cuatro dedos flacos y deformes, la mano férrea y curtida que se ofrecía a rescatarla de aquel laberinto de sinsentidos. Sintió sonreír a sus labios, pues sus mejillas temblaron sacudidas por un calambre. El ardor en sus ojos pasó a ser húmedo.
Cogió la mano de su príncipe, segura, tangible y cálida.
Todo ocurrió en un parpadeo: la serpiente albina se estremeció bajo ella y sus escamas se separaron en una violenta orquesta de escombros derruídos. Sin embargo, el crescendo musical sonó como un manojo de cristales roto, agudo y terrible. Los escalones se convirtieron en una suerte de figuras informes y perlas de contorno irregular; mientras sus pies, flácidos, flotaban en el vacío. Su garganta se resintió con dolor como consecuencia del grito de angustia que acababa de expulsar, pero su voz no llegó a ser oída ni tan siquiera por ella misma: no era más que una pieza más que se fusionó con la partitura original, esgrimida por alguna clase de cruel compositor. Solo la escuchó su príncipe. Su príncipe, que aún sosteía su mano. Su príncipe, que impedía que cayera al vacío. La humedad de sus ojos se desbordó ahora sobre sus mejillas, como un río que ha sido incapaz de resistir el azote de las lluvias de invierno. Miró a su príncipe a los ojos, aún sonriente.
Ya no había príncipe: en su lugar estaba el humanoide oscuro, deforme y silencioso. Su rostro no era más que un óvalo entretejido con sombras, y no era visible ni expresión ni luz en él. No había salvación. Lo comprendió cuando a la luz de la razón se expuso otra agónica verdad: él era el compositor. Y su batuta invisible había moldeado, igual que el barro de Pandora, el tapiz de su pesadilla. No había destino.
La mano del compositor soltó la suya y la princesa comenzó a caer al vacío eterno, del cual ya no saldría jamás. Sus lágrimas llegaron al fin a sus labios entreabiertos y mortecinos. Paladeó su regusto salado antes de que su conciencia desapareciera en el abismo.
Sabían bien...
Image by: http://x-xspitfirex-x.deviantart.com/

lunes, 16 de mayo de 2011

El Go


"Hoy, 9 de setiembre de 1978, tuve en la palma de la mano un pequeño disco de los trescientos sesenta y uno que se requieren para el juego astrológico del go, ese otro ajedrez del Oriente. Es más antiguo que la más antigua escritura y el tablero es un mapa del universo. Sus variaciones negras y blancas agotarán el tiempo. En él pueden perderse los hombres como en el amor y en el día. Hoy, 9 de setiembre de 1978, yo, que soy ignorante de tantas cosas, sé que ignoro una más, y agradezco a mis númenes esta revelación de un laberinto que nunca será mío."
~Jorge Luis Borges~

A Parrot's Tale

Una chorrada enorme, fruto de otro de los ejercicios obligatorios de creación literaria; pero como siempre, una buena excusa para actualizar mi blog. Enjoy... or not.

Si alguien miraba hacia la ventana, podía ver dos cortinas diferentes: la primera, en el interior, estaba hecha de grueso y largo terciopelo verde oscuro; la segunda, esta vez en el exterior, era una cortina dinámica y monocromática: la lluvia, gris y opaca, que repiqueteaba contra el cristal creando así un sonido constante y agradable. Eso era lo que él escuchaba cada noche, en la oscuridad, confinado en su esquina junto a la lámpara y el sofá de cuero. Algunas veces, admitía, no era del todo aburrido, pues a través de la ventana se divisaba con claridad la acera y a la gente paseando, sumida en sus ininteligibles conversaciones. Otras, sin embargo, resultaban claramente insoportables; como aquella, en la que la lluvia le impedía observar a los transeúntes.

La puerta se abrió de golpe, como siempre, evitando así el estallido de furia fruto del aburrimiento que hubiese tenido lugar tan solo unos segundos más tarde. Sus ojos, avispados y penetrantes, se clavaron en la figura del recién llegado: un hombre de mediana edad, calvicie incipiente, gabardina gris y maletín oscuro. Entre suspiros, el confinado lo observo ejecutar su modus operandi diario sin ninguna variación: suspirar cansado, dejar el maletín junto a la puerta y colgar la gabardina en el perchero. Bueno, no, sí que había una variación: el maletín relucía por el agua y la empapada gabardina, ennegrecida y pesada, chorreaba y dejaba un reguero creciente en el suelo.

– ¡Ah, ahí estás! – el señor Rodríguez, que así se llama, lo saluda y lo mira mientras se le acerca, rebuscando en sus bolsillos y sacando una bolsa de galletas; al verla, comienza a agitarse – Temí que te hubieras escapado.

– Hola – es todo lo que dice él, con una voz ronca y extravagante.

– ¿Hola? – el señor Rodríguez se ríe, ofreciéndole una galleta. Él la picotea un poco – ¿Aún no sabes decir ninguna otra palabra?

– Hola – responde él, reiterativo – hola, hola, hola, hola – prosigue; bueno, no es culpa suya no haber aprendido ninguna otra, ¿no? Como para reafirmarse, agita las alas y repite: – Hola.

– No pasa nada, Arquímedes – dice el señor Rodríguez, comprensivo y optimista – Mañana aprenderás otra.

Ojalá, se dice Arquímedes, al menos así no se morirá de aburrimiento una noche más. Porque, ay, tal es la cansada vida de un loro.

domingo, 8 de mayo de 2011

Monólogo interior


Prometí subir escritos, y eso hago. Inauguro mi promesa con un pequeño brote paranoico surgido por culpa de mi profesor de Creación Literaria. ¿Qué teníamos que hacer? Un monólogo interior. No creo que sea una maravilla y mi inspiración no estaba en su apogeo como para estar realmente orgullosa de él, pero creo que está decente y que no está mal actualizar el cofabandonadocof blog con él.

Ah, por cierto: no tiene título. Como toda buena paranoia mental, darle un nombre sería como desvelar un parte su secreto... o eso creo.

Ea, ahí lo dejo.
~~~~~~~

Nada... nada... nada... nada... y ahora... ¡algo! Hay algo, ahí, al fondo, en lo más profundo. Lo percibo, lo siento, es... luz. Un fulgor, blanquecino, igual que mi propia piel. En qué cosas pienso, en mi piel; ¿acaso importa? Maldita sea, no: hay algo más crucial, preguntas que necesitan respuesta. Por ejemplo, ¿quién soy?, ¿qué hago aquí?, ¿por qué floto en un mar de incertidumbre?

Así es, sí: aún hay luz. Pero... ¿la hay? ¿Y cómo es posible? Todo había ocurrido así, en un suspiro, en una partícula de microsegundo. ¡Zas! Y la oscuridad, así de sencillo, me había engullido. Pero por extraño que parezca, no consigo recordar nada de lo que había sucedido anteriormente; a no ser que... un momento. Sigo flotando, ¿verdad? Pero voy a probar a mover mis manos... las muevo, sí, siento que las muevo... aunque al mismo tiempo, no lo siento, como si las articulaciones de mi cuerpo fueran completamente ajenas a la imperiosa orden de mi cerebro. Pero me muevo, que es lo que importa. Vamos, sigue adelante, abraza la oscuridad, esa que ahora te arropa y que parece un estanque de petroleo: tan opaco como espeso y difícil de atravesar. ¡Ja, ja! ¡Si hasta soy capaz de hacer metáforas en un momento como éste! Me siento... me siento extañamente bien. Agudo, quizá. Soy capaz de utilizar mi mente, pero no de averiguar dónde estoy, ¿no es gracioso?

Vale, tienes razón, no lo es. Joder, ¿pero ahora con quien demonios estoy hablando? ¿Quién eres? Sí, tú, ese que me escucha; ése que me está respondiendo. ¿Cómo dices?, ¿que soy... YO? Lo que yo creo es que no eres más que un condenado bastardo. Inmundicia, que en un momento tan delicado como éste se empeña en señalarme lo más obvio del mundo. Ya sé que no estoy siendo gracioso; ya sé que no debería reirme... pero, ah, Dios mío, comprendo demasiado bien esa carcajada: es un inhalador. La necesito, ¿entiendes?, para respirar. La quiero para vivir. Sobrevivir.

He dicho "Dios mío"... no soy creyente, pero quizá Él pueda ayudarme ahora mismo. Vamos, no te detengas: sigue nadando, y llega hasta el final. Ahí, al final del todo, distingo una puerta... qué curioso, nunca había visto una puerta con semejante aspecto; parece como si... como si vibrara. ¡No! Ahora no vibra, ¡gira sobre sí misma! Es un torbellino, un vórtice, una espiral que... ugh... no, no, no, esto sí que no, me estoy mareando. Aguarda... ¡deja ya de empujarme!, ¿eres tú de nuevo? No me empujes, ¡yo no quiero ir hacia esa puerta! ¡No quiero! ¡Allí está el infierno, una oscuridad aún más densa que ésta! Tengo miedo, mucho... miedo. ¿Qué es esto que estoy sosteniendo? Es duro, y reconfortante también. Me mitiga los temblores. Esto es... ah, ya sé: son mis piernas; quién me ha visto y quién me ve, abrazándome a mí mismo en posición fetal, como un indefenso bebé. No soy un bebé, ¡soy una persona adulta! ¡Soy...! Ah, los recuerdos... los recuerdos... son como una migraña, me azotan y me envuelven, sin piedad. Qué cruel... y mientras, sigo llegando a la puerta. Aunque ahora, no sé por qué, tengo una certeza: si la atravieso, seré libre. Entonces, nada. Nada. ¡Nada! ¡NADA!

La luz... ahí está. Es ésa, es la misma. Y yo la voy a atravesar. Debo hacerlo. ¿Dónde está mi capacidad para las metáforas?, vamos, vuelve... sí, la atravesaré como una aguja atraviesa un trozo de tela. Aunque eso es más bien un símil... sí. Y ya no sé... ya no sé qué cosas digo... la luz crece y vence a la oscuridad. Y ahora, al fin, no veo más que blanco. Como mi piel. Y luego...... ¿silencio...?

Noto un escozor, es lejano... qué sensación más agradable. Aunque crece, ahora duele. Crece, crece demasiado... ¡es espantoso! ¡Duele! ¡Ah, no! ¡No! ¡Basta, por favor! ¡Parad, parad! No quiero gritar... y sin embargo, ¿estoy gritando? La irrealidad ahora parece realidad. ¿Estoy abriendo mis ojos? Escuecen, también. Quizá parpadeando se me pase... no, no se me pasa, pero distingo mejor lo que mis pupilas captan. Dos sombras grises, fantasmas. Y sobre ellos... ¿la luz de un plafón? “Ha despertado, doctor”, ¿he oído bien? Ah, ya lo entiendo, lo entiendo muy bien.

Estoy... vivo...

jueves, 7 de abril de 2011

Da igual cuánto tiempo pase...

...nunca me cansaré de esta canción.



What If ~ Emilie Autumn

Here you sit on your high-backed chair
Wonder how the view is from there
I wouldn't know 'cause I like to sit
Upon the floor, yeah upon the floor
If you like we could play a game
Let's pretend that we are the same
But you will have to look much closer
Than you do, closer than you do

And I'm far too tired to stay here anymore
And I don't care what you think anyway
'Cause I think you were wrong about me
Yeah what if you were, what if you were

And what if I'm a snowstorm burning
What if I'm a world unturning
What if I'm an ocean, far too shallow, much too deep
What if I'm the kindest demon
Something you may not believe in
What if I'm a siren singing gentlemen to sleep

I know you've got it figured out
Tell me what I am all about
And I just might learn a thing or two
Hundred about you, maybe about you
I'm the end of your telescope
I don't change just to suit your vision
'Cause I am bound by a fraying rope
Around my hands, tied around my hands

And you close your eyes when I say I'm breaking free
And put your hands over both your ears
Because you cannot stand to believe I'm not
The perfect girl you thought
Well what have I got to lose

And what if I'm a weeping willow
Laughing tears upon my pillow
What if I'm a socialite who wants to be alone
What if I'm a toothless leopard
What if I'm a sheepless shepherd
What if I'm an angel without wings to take me home

You don't know me
Never will, never will
I'm outside your picture frame
And the glass is breaking now
You can't see me
Never will, never will
If you're never gonna see

What if I'm a crowded desert
Too much pain with little pleasure
What if I'm the nicest place you never want to go
What if I don't know who I am
Will that keep us both from trying
To find out and when you have
Be sure to let me know

What if I'm a snowstorm burning
What if I'm a world unturning
What if I'm an ocean, far too shallow, much too deep
What if I'm the kindest demon
Something you may not believe in
What if I'm a siren singing gentlemen to sleep
Sleep...
Sleep...

lunes, 28 de marzo de 2011

Y para paliar el aburrimiento...

...qué mejor que actualizar mi blog. Aunque la verdad es que no me apetece currarme ninguna entrada de opinión o algún artículo hiperlargo de alguna serie/peli/lo que sea; así que me voy a limitar a explicar por encima en qué mangas y animes ocupo mi tiempo libre, por si a algún (inexistente) lector le da por sentir curiosidad. Quién sabe.

Bueno, al tajo:

¿QUÉ ESTOY VIENDO?

SLAM DUNK



Hanamichi Sakuragi es un estudiante de primer año del instituto Shohoku, también conocido como el "Rey de las Calabazas" o la "bestia-parda-busca-pleitos" (eso por mí); lo de las calabazas se debe a que ostenta el record de rechazos sentimentales del lugar, y diría yo que de toda la región, lo cual no es nada raro con su cara de pocos amigos y su mirada de "te voy a partir la crisma". Su actividad en el instituto, aparte de escaquearse de las clases, pasar de estudiar y recibir más calabazas, es liderar una banda de otros cuatro matones aficionados a meterse en peleas, cuanto más difíciles mejor. Pero un buen día todo cambia, cuando la chica número mil y pico de la que se enamora Sakuragi a primera vista, Haruko Akagi, hace acto de presencia frente a él diciéndole que le ha estado observando... porque reúne todos los requisitos físicos para pertenecer al club de baloncesto del instituto. Arrastrado por su amor, Hanamichi acaba uniéndose, y tanto el capitán como el resto de jugadores no dejan de percatarse de que tiene una especie de talento innato.

Divertida, competitiva y plagada de acción, como no puede ser de otro modo en una serie de deportes. Y no es que sea un género que me apasione (de hecho me aburre), pero supongo que siempre hay excepciones a la regla y ésta es una de ellas. Francamente adictiva, sobretodo para todo el que le gusten las riñas de instituto.

NANA



Nana Komatsu es una jovencita hiperactiva, dulce y alegre (y repelente en algunos momentos) que un buen día, alentada por el amor que siente hacia su Shoji, su novio, decide empaquetar sus cosas e irse a Tokyo en tren para encontrarse con él e iniciar una nueva vida, pues mantienen desde hace algún tiempo una relación a distancia. Durante su viaje, se sienta al lado de una chica que parece haber sido creada como su más pura antítesis: rockera, punk, encuerada, silenciosa, siniestra, irónica y fumadora compulsiva. Las dos chicas hablan durante su viaje a Tokyo, y en ese tiempo Nana descubre dos cosas sorprendentes: primero, que esa chica tan extravagante tiene su misma edad; y segundo... se llama igual que ella. Se trata de Nana Osaki. Las dos jóvenes se separan, pero el destino quiere que vuelvan a unirse cuando las dos coinciden en el mismo piso que quieren comprar, y el cuál acaban compartiendo por el placer de vivir con alguien y para compartir la renta de alquiler.

Otro género que no me apasiona: el shojo. Sin embargo, en mi búsqueda de series cotidianas di con ella, y se puede decir que en efecto es cotidiana a más no poder: el encuentro entre las dos Nanas es la excusa para presenciar cómo evoluciona la relación entre ellas, ellas mismas y su entorno social de amistades y romances. De momento entretenida (y con una OST brutal), aunque no apasionante, ya veremos cómo evoluciona.


¿QUÉ ESTOY LEYENDO?

HANA YORI DANGO



Makino Tsukushi es una chica pobre (pero pobre, pobre... pobre cual rata, vamos) que, contra todo pronóstico y gracias al esfuerzo monetario de sus padres, ingresa en el instituto de bachillerato Eitoku, un cubil de élite para los hijos de las personalidades más multimillonarias, afortunadas y asesinables de Japón. Ella, una chica normal y autosuficiente por naturaleza, detesta el estilo de vida de "niños de papá que nunca han tenido necesidad de trabajar" de la academia, y lejos de hacer amigos decide encerrarse bajo sus trenzas y su falsa carita de niña buena para pasar los tres años que le quedan de la mejor forma posible. Eso hasta que se topa con el F4, el cuarteto de los tíos más buenos, más millonarios y más peligrosos del instituto, el cual mantienen bajo su yugo como si de pastores con sus ovejas se tratase. El líder es Domyoji Tsukasa, el más multimillonario, peligroso, prepotente y creído de todos. Todo aquel que desafíe al F4 recibe una tarjeta roja, que básicamente significa "o te largas en un mes o te echamos nosotros"; y ¡sorpresa!, es Makino, la cual en un arranque de ira y para defender a una amiga desafía a Domyouji, quien la recibe. Desde ese mismo instante su tapadera se ve por los suelos y pasa a ser una paria gracias al F4; pero lejos de abandonar el instituto, se quita las trenzas y emprende una guerra cada vez mayor contra ellos... o más bien, contra Domyouji Tsukasa.

A primera vista es de estos shojos que me repelen a más no poder: dibujo ñoño, chicos guapos, pétalos de flores, pijos por doquier... sin embargo, darle una oportunidad es lo mejor que he podido hacer. No es para nada el clásico shojo de "niña tonta se enamora de pijo adinerado hiperperfecto y dulce"; ella es una guerrera cafre y él un cabeza de chorlito más idiota de lo que aparenta. Quitando capítulos sueltos ya la terminé y me dio pena hacerlo; pocas series consiguen ser tan divertidas, profundas y entrañables como ésta.

El anime no le hace demasiada justicia a mi parecer, pero me quedo con el opening (Futsuu No Nichiyoubi ni ~ Stepping Out), que recoge en pocos minutos el ambiente general de la serie con un aire sesentero muy genial. He aquí la versión larga:



...por supuesto, entre todas estas series no añado One Piece. La llevo viendo ocho años, y los que quedan.



Y esto es todo por ahora, habrá novedades. Corto y cierro.



martes, 1 de febrero de 2011

Pues eso: ya tengo blog. Ya puedo anunciarlo a los cuatro vientos y medio; no sin un redoble de tambores previo con platillo, una bomba de humo, una risa maquiavélica y la eminentemente simbólica salida del sol en el horizonte. Queréis eso, ¿no?, es lo suyo.

Paso. Jé.

Lo único que voy a hacer de provecho en mi primera entrada es explicar un poco el génesis de mi alias, para que no parezca demasiado vacío esto:

N. Bioskop = amalgama de "N" (abreviatura de Nienna, mi nick por excelencia) + Bioskop (apellido de Jill Bioskop, nombre de una peli freak de ciencia ficción llamada "Immortel (Ad Vitam)" que quizá conozcáis, o quizá no, bueh...).

N's Cybership = amalgama de "porque sí" + "porque el inglés está de moda" + "porque no tenía ni zorra de qué poner".

Eso es todo. Los que entréis aquí esperando leer un diario personal, siento decepcionaros: no me gusta compartir mis peripecias íntimas con extraños, así que tendréis que conformaros con otro tipo de peripecias: críticas de cine, música, series, etc; opiniones personales acerca temas trascendentales, no tan trascendentales y puramente freaks; curiosidades varias encontradas por el mundo internauta; escritos, relatos y fanfics... ése tipo de cosas. Aunque mi meta secreta y obsesiva es deificar a Bárbol como dios supremo del estado y crear una secta "ozcura y marvadosa"; los que no queráis ser corrompidos por mis creencias, ya sabéis dónde está la puerta.

Los que no... navegad conmigo.

Bienvenidos a la nave de N. Bioskop