viernes, 23 de diciembre de 2011

Cualidad dual


No era muy difícil imaginarse aquellos atenuados rayos de sol como las brochas de un pintor deslizándose sobre un lienzo de verdor. Aún eran apenas visibles y el matiz negro del cielo comenzaba ya a adquirir un tono purpúreo. Las estrellas se evaporizaban, la luna se volvía un espectro cada vez más invisible y nadie había aún en las calles. Era el momento perfecto para salir. Era el momento perfecto para hacer lo que tenía que hacer.

Sarah Shepherd apareció en el umbral del cementerio como nacida de la mano de aquel pintor invisible; silenciosa, parsimoniosa. Su mano acarició el tacto rasposo y frío de la piedra y ella prosiguió su camino por la húmeda verja de hierro que aún acusaba la lluvia de la noche moribunda. Sus ojos estaban vacíos y ninguna sonrisa cruzaba la cara en la que se incrustaban, joven y ovalada. En realidad, solo tenía en aquel momento un punto focal de atención: la hilera de tumbas que se avistaban allá a lo lejos, junto a los abedules.
Aunque el cementerio era más bien pequeño, pues era el único en su pueblo, el trayecto hacia la tumba que necesitaba contemplar le pareció largo y casi fruto de una ensoñación. La veía ahí, claramente: gris, semicircular, con su epitafio firmemente grabado; igual a todas las demás y al mismo tiempo tan distinta... era muy curioso ese hecho, pues realmente le parecía que los brochazos cada vez más luminosos del pintor insistían en depositarse sobre esa tumba en concreto, como si el hacedor de arte que guiaba sus pasos y pintaba ese paisaje le dijera: “es ahí; avanza, acércate, ven”.

Sarah zigzagueó entre las tumbas procurando no hacer ruido, no sabría decir exactamente por qué. Las suelas de sus botas contra la hierba mojada producían un suave sonido de fricción, muy agradable y compatible con la armonía del amanecer. Sin embargo, cuando por fin llegó a su destino todo pensamiento acerca de sonidos y visiones externas desapareció de su mente. Ante ella se alzaba la tumba, terrible y grotesca; le parecía ver en esa lápida facciones humanas que sonreían con malévola complacencia, siendo casi un vigía de quien dormía bajo tierra en el encierro del Sueño Eterno.

Tras unos lánguidos instantes de silencio, Sarah se dejó caer sin prisa sobre sus rodillas. Debería sentir el gélido tacto de la hierba en sus rodillas desnudas, pero no sentía absolutamente nada. Lo único que sentía, y que llenaba de pesar indescriptible su pecho, era la realidad que se manifestaba ante ella. Dolía. Su pecho se henchía con una angustia inimaginable que pugnaba por salir con cada latido; como si su corazón, en vez de bombear sangre, no fuese más que un cautivo que golpeaba la puerta de su diminuta celda entre desgarradores alaridos. Pero aquello... ¿era real?, ¿de veras lo era? Aún le costaba creerlo.

Sus manos temblaron con violencia cuando se alzaron para apoyar los mortecinos dedos sobre el grueso y rugoso borde de la lápida. Cada respiración costaba, era irregular y aleatoria. La verdad es que no sabía muy bien cómo era capaz de coger aire, ni por qué lo necesitaba; muerta en vida, contemplaba sin parpadear siquiera los últimos vestigios de su otra mitad. Arrugó la cara, haciendo terriblemente palpable el caótico vórtice de emociones que se agitaban bajo su carne y sus huesos.

- Me lo habías dicho - susurró, sin que su propia voz le sonase natural: era un graznido irreal que surgía de las profundidades del cuadro del pintor, y no de su garganta - , me dijiste que siempre estaríamos juntas: yo contigo y tú conmigo. ¿No era cierto?, ¿por qué tienes que castigarme con este pesar?, ¿este sufrimiento?

Los dedos sobre la lápida se crisparon pareciendo de repente arañas blancas. Dejó caer la cabeza y su largo, despeinado y ceniciento cabello castaño claro cerró los cortinajes de su función; la obra de teatro ahora debía ser personal, aunque los posibles espectadores no se quedarían sin nada que observar, o más bien escuchar: los gemidos de dolor, de llanto sin lágrimas, se dejaban oír en aquel amanecer cada vez más claro. Ya era hora de irse. Ya era hora de marcharse una vez más. Y mañana, con el siguiente amanecer, volvería para depositar nuevas tristezas y nuevas lágrimas de sangre sobre aquel trozo de piedra impío y desolador.

Sarah alzó la vista y, exhalando un hondo suspiro, se apartó los mechones que insistían en abrazar sus facciones y ocultarlas de miradas indiscretas, aunque allí solo espiase el pintor y tal vez la naturaleza circundante. Las arrugas habían desaparecido y la angustia había cedido el paso a la ausencia total de emociones; solo aquellos ojos sin brillo indicaban ahora la maraña de turbulenta y pútrida emoción que la embargaban.

̶- La vida es algo irrisorio...

Acarició una última vez el nombre plasmado en la lápida, tomándose tiempo para delinear cada frase, cada palabra, cada letra:

~ S A R A H · S H E P H E R D ~
Amada hija, querida hermana.
(1983 – 2011)

La brocha del pintor pasó sobre ella justo en el momento en que se incorporó. Delineó sus rasgos marchitos, sus pómulos hundidos, los labios amoratados, las venas muertas que se perfilaban hinchadas bajo una piel espectralmente muerta y los trozos de hueso apreciados bajo los boquetes de una descomposición naciente, salpicando mejillas, frente, cuello, brazos y piernas. Los ojos sin pupila del cadáver de Sarah se hundían en sus cuencas, pero aparecían a su vez colmados de una indescriptible luz titilante; era, quizá, el reflejo de algo inexplicable con meras palabras: una vida sesgada, violada, separada en dos partes y despojada del hálito vital.

El cuerpo dio media vuelta y arrastró los pies por la hierba, avanzando en apariencia sin rumbo pero buscando el único refugio firme que le servía de consuelo en los días de una eternidad vana y sin sentido: la oscuridad. Y el pintor, quizá el titiritero de las obras de arte que ha plasmado a su voluntad con cruel y vanidosa ansia de creación, iluminó una última vez aquella solitaria tumba. La tumba de algo valioso que ahora sería irrecuperable.

Los jirones del alma de Sarah Shephard dormitaban bajo la tierra.