sábado, 18 de junio de 2011

Escaleras al abismo



La oscuridad era atroz. Aún recordaba cómo de pequeña, cuando se producía un apagón, la ansiedad invadía su ser conminándola a correr y buscar refugio en el siempre tranquilizador pecho de su madre. Pero en aquella ocasión el término “atroz” no bastaba. Esta vez la oscuridad era absoluta, más negra que la propia negrura en un anochecer sin estrellas. ¿Y la luna? No existía. En aquel mundo, el mar era la nada infinita y no había voces ni cantos de sirena que la llevasen a la superficie. No había superficie.
¿O tal vez sí? Tan solo una cosa libraba a su mente de quebrarse y caer en la locura: una serpiente albina, blanca y brillante, que atravesaba el mar negro igual que un asteroide blanco surcando el cielo. Tal vez fuera también la médula espinal del interior de un gran cuerpo; en cuyo caso, si lo seguía, podría alcanzar su yugular, la salida y la tan necesaria luz. Brillante. Esclarecedora. Balsámica.
Metáforas y símiles, todo ello, de la realidad que se presentaba ante su confusa y cansada visión: una gran escalera de mármol blanco y cientos, miles, millones de escalones que se perdían en el tiempo y el espacio. La escalera culebreaba a través de la Nada, ascendiendo quizá hasta el infinito. ¿Pero cómo podía ella saberlo? Lo único que podía hacer era seguir corriendo, llenando el entristecedor y claustrofóbico páramo oscuro con sus jadeos y el taconeo incesante de sus zapatos. Procuraba hacer mucho ruido mientras corría. Resultaba consolador.
Se sujetaba la falda del vestido mientras avanzaba, para evitar así entorpecer su marcha. Un momento, ¿cuándo se había puesto un vestido? Al mirar hacia abajo no vio lo que esperaba ver: sus vaqueros y sus cómodas zapatillas deportivas. En su lugar había unos pies descalzos. Entonces, ¿el taconeo no era más que una ilusión? En cuanto lo pensó, dejó de escucharlo. Su ropa pesaba: una gran falda color salmón con encajes, que se confundía con la blanquecina piel de sus piernas. “Así vestiría una princesa”, pensó, aunque luego le dio la sensación de que más que pensarlo había “formado” la idea en su mente. Estaba demasiado agotada y perdida como para ser capaz de componer una frase.
No recordaba cómo había llegado ahí, así que menos aún podía recordar cuándo había decidido ponerse ese atuendo. Solo deseaba una cosa: seguir corriendo. Pero aquel bucle parecía eterno, imperecedero. Al ser consciente de ello, sus ojos comenzaron a arder y la desesperación enarboló un cuchillo candente para abrirse paso a través de su alma. La punzada fue letal y dolorosa.
Entonces lo vio allí. No era más que una sombra con forma humana, cambiante y lánguida. El humanoide intangible era tan oscuro y negro como la Nada que la abraza buscando violar su ser, pero a ella se le antojaba como una especie de príncipe salvador. Y su extremidad, una garra desproporcionada de cuatro dedos flacos y deformes, la mano férrea y curtida que se ofrecía a rescatarla de aquel laberinto de sinsentidos. Sintió sonreír a sus labios, pues sus mejillas temblaron sacudidas por un calambre. El ardor en sus ojos pasó a ser húmedo.
Cogió la mano de su príncipe, segura, tangible y cálida.
Todo ocurrió en un parpadeo: la serpiente albina se estremeció bajo ella y sus escamas se separaron en una violenta orquesta de escombros derruídos. Sin embargo, el crescendo musical sonó como un manojo de cristales roto, agudo y terrible. Los escalones se convirtieron en una suerte de figuras informes y perlas de contorno irregular; mientras sus pies, flácidos, flotaban en el vacío. Su garganta se resintió con dolor como consecuencia del grito de angustia que acababa de expulsar, pero su voz no llegó a ser oída ni tan siquiera por ella misma: no era más que una pieza más que se fusionó con la partitura original, esgrimida por alguna clase de cruel compositor. Solo la escuchó su príncipe. Su príncipe, que aún sosteía su mano. Su príncipe, que impedía que cayera al vacío. La humedad de sus ojos se desbordó ahora sobre sus mejillas, como un río que ha sido incapaz de resistir el azote de las lluvias de invierno. Miró a su príncipe a los ojos, aún sonriente.
Ya no había príncipe: en su lugar estaba el humanoide oscuro, deforme y silencioso. Su rostro no era más que un óvalo entretejido con sombras, y no era visible ni expresión ni luz en él. No había salvación. Lo comprendió cuando a la luz de la razón se expuso otra agónica verdad: él era el compositor. Y su batuta invisible había moldeado, igual que el barro de Pandora, el tapiz de su pesadilla. No había destino.
La mano del compositor soltó la suya y la princesa comenzó a caer al vacío eterno, del cual ya no saldría jamás. Sus lágrimas llegaron al fin a sus labios entreabiertos y mortecinos. Paladeó su regusto salado antes de que su conciencia desapareciera en el abismo.
Sabían bien...
Image by: http://x-xspitfirex-x.deviantart.com/

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