miércoles, 7 de mayo de 2014

Amor cortés


Se sabía de memoria el camino que hacía el carruaje desde el castillo hasta la iglesia. Cada tarde, él aguardaba oculto entre la maleza que circundaba el camino, escudriñando el horizonte con ansiedad. Sobre todo, procuraba aguzar los oídos con la esperanza de escuchar, más pronto que tarde, el traqueteo de las ruedas y la sinfonía de los cascos. Aquel día tardó. ¿Habría llegado tarde? Las campanas empezaron a tocar en ese preciso instante, como si se compadecieran de él, aunque el motivo era que pronto empezaría la misa vespertina.

Y entonces lo oyó. Su corazón dio un vuelco violento. Una nube de polvo vaticinó la llegada inminente del carro y, cinco segundos más tarde, la predicción se cumplió. Intentó que su presencia no pasase inadvertida para misterioso pasajero de la diligencia.

Una mano femenina, esbelta, suave, o al menos él se había imaginado muchas veces que era suave, descorrió las cortinas. La cara de una mujer, pálida y de gruesos labios rojos, se asomó por fin, y sus ojos lo encontraron. La sonrisa que esbozó parecía tan emocionada como la suya propia.

Allí estaba la esposa de su anciano señor, joven y lozana y, desde luego, intocable. No le importaba: la llama de su interior se mantenía viva gracias a la distancia social y física que los separaba, y el sufrimiento imperante de su alma lo hacía sentir vivo. La intensidad del vínculo secreto que los unía era tal que le extrañaba que nadie se hubiera dado cuenta, aunque supuso que la dama de compañía que iba con ella sabría muchas cosas a estas alturas. Su matrimonio con el señor había sido concertado, naturalmente, y él la veía como un mero objeto de exhibición que simbolizaba la alianza con el señor del feudo vecino.

Habían acordado verse en uno de los torreones de la iglesia, después de la misa; ella conseguiría escabullirse hasta la ventana y él la esperaría allí abajo el tiempo que hiciera falta. Acudió raudo al lugar de la cita y se sentó en el suelo, frotándose nervioso las manos. Había preparado otro poema, pero nunca había sido buen escritor. Es más, tuvo que pedirle ayuda a un amigo suyo, que era trovador, tanto para redactarlo como para aprender a recitarlo.

Casi muere de placer cuando, diez minutos después de la hora señalada, la ventana se abrió de par en par con un chirrido. La dama se asomó; su agitada respiración acentuaba sus atributos femeninos y el rubor de excitación contenida le confería un aire, si cabe, más hermoso. Él se quedó sin habla unos instantes, mirando a la mujer que nunca sería suya pero que siempre lo sería. Entonces carraspeó y elevó los brazos hacia la ventana, con reverencia.

- Mi señora, luz de mi vida, amada mía... - Comenzó, trémulo. Ella se llevó las manos al pecho y suspiró, preparándose para escuchar las bellas palabras de aquel día – Yo...

El pregonero pasó justo en ese instante, anunciándose con su campana. Era un chaval de unos diez años.

- ¡EXTRA, EXTRA! ¡NOTICIAS FRESCAS! - Bramó, y mozo y dama lo miraron con sorpresa - ¡EXTRA, EXTRA! ¡SE ACABA LA EDAD MEDIA! ¡EXTRA, EXTRA! ¡SE ACABA EL AMOR CORTÉS! ¡EXTRA, EXTRA! ¡HOY EMPIEZA EL AMOR MODERNO!

Se internó en una calle y el sonido de su voz menguó hasta desaparecer. Luego, los enamorados se miraron a los ojos, desconcertados.

- Pues... Entonces ya está, ¿no? - Fue la dama la primera que se atrevió a romper el silencio ̶ Podemos dejarnos de tonterías.

- Sí, eso creo - asintió el mozo, y carraspeó nervioso -. Eh... Ha sido un placer.

- Lo mismo digo - respondió ella, desviando incómoda la vista -, me lo he pasado bien.

- Ya, y yo - coincidió él -. Bueno, adiós.

- Eso, adiós.

El mozo se fue, rumbo a la taberna; la dama supuso que para ligar con alguna hermosa mujer soltera y poner fin a la castidad autoimpuesta. ¿No eran esas las cosas que se hacían en el amor moderno?

Ella no podía hacer lo mismo, aún no, lo sabía muy bien. Pensativa, bajó las escaleras del torreón y se acercó a un almanaque que reposaba en la pared de una de las estancias. Pasó las páginas durante casi diez minutos y, cuando llegó adonde quería, suspiró con pesar.

El pregonero aún tardaría unos cuantos siglos en anunciar la llegada del Feminismo.
 
Cuento creado para el evento "Viaje, amor y muerte" (Paseo de los flamboyanes)

2 comentarios:

  1. He llegado aquí de casualidad y me ha sorprendido mucho esta entrada. No me esperaba semejante final. Muy bueno.
    Te sigo!

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  2. Muchas gracias. :)

    Por curiosidad, ¿cómo has encontrado el blog? Hace menos de una hora lo publicité en mi perfil de www.fanfiction.net y me llamaría la atención que justo hoy lo hubieses encontrado por otros medios.

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