Sentirse pletórico de
felicidad no era precisamente el pan de cada día entre las personas
de su entorno, de modo que no podía evitar tener la agradable
impresión de que era la persona más afortunada del planeta. Lo
pensaba siempre, cada día, a todas horas; y aunque estuviera
distraída, quizá tomando una copa con sus amigos o contando con
entusiasmo una anécdota absurda, un zumbido intenso le recordaba,
desde un discreto segundo plano, la emocionante realidad: todo iba
bien.
Ese zumbido no hacía uso
de palabras para comunicarse, sino de oleadas constantes de emoción
que la desbordaban. Traducidas a cualquier idioma humano, el mensaje
sería algo así como: “Oye, piénsalo un segundo: las cosas te van
bien, la música te emociona más que nunca, la comida te sabe a
gloria, el calor recorre tus venas, una corriente eléctrica
constante te hace temblar. No está mal, ¿eh?”.
Y era cierto: no estaba
nada mal.
Sería un día como otro
cualquiera si no fuera por el sol, que brillaba más que nunca. No
podía ser que incluso el buen tiempo la acompañase. Nadie podía
tener una suerte semejante. Mientras los niños jugaban a perseguirse
y a tirarse sobre la hierba tibia y brillante, ella se recostaba
sobre un árbol y se acariciaba el vientre, que latía con la promesa
de una nueva vida. El tronco era duro y joven, nada lo derribaría
fácilmente. Se le ocurrió pensar que, si ella fuese un árbol,
sería ese.
A su izquierda, un
ronquido digno de ser tenido en cuenta sacudió a su marido, que se
relamió los labios y se acomodó para seguir durmiendo. Ella lo miró
y sonrió dulcemente, apretando su mano, cálida, tan cálida como la
suya propia. Sabía que él también sentía ese frenesí, podía
notarlo, pero tenían que turnarse: no era conveniente que los dos a
la vez custodiasen los sueños mientras el mundo de la vigilia se
quedaba sin protección; no mientras los niños estuviesen ahí.
Ellos eran su futuro.
Y hablando de sueños...
La sonrisa serena que no
había abandonado sus labios hasta entonces se tornó vacilante. De
improviso, tuvo la sensación de que algo iba mal. Era la misma
sensación de inquietud que tenía cuando, de niña, se topaba con
algún payaso y pensaba que toda esa fachada de colores no era más
que una mentira, y una que no le gustaba.
¿Qué diablos estaba
haciendo allí? Cerró los ojos con fuerza, angustiada de repente,
deseando que todo aquel descampado bañado por el calor
desapareciera, que las risas de esos niños se esfumaran para
siempre. Solo cuando su deseo se cumplió, se atrevió a volver a
abrirlos.
Sus cuencas vacías
recibieron la oscuridad del ataúd y sus manos putrefactas dejaron de
crisparse sobre el pecho. Al mover el cuello a izquierda y derecha,
un desagradable crujido llenó el espacio ausente de sonido. Luego,
suspiró aliviada, aunque todo lo que salió de sus cuerdas vocales
muertas fue una especie de estertor entrecortado.
̶
Eh ̶ alguien golpeó tres veces con el nudillo la pared de otro
ataúd, a su derecha, aunque el ruido le llegó amortiguado por la
tierra que había en medio. Era Tomás, el de la tumba de al lado ̶
¡Eh, oye! Me ha parecido oír algo... ¿Estás bien? ¿Ocurre algo?
̶
Sí, Tom, tranquilo ̶ respondió ella, dibujando una sonrisa de
dientes amarillos. La mitad de los labios se le habían podrido ya,
así que no podía esconderlos ̶ , es que he tenido una pesadilla ̶
añadió ̶ : Soñé que vivía.
Cuento creado para el evento "Viaje, amor y muerte" (Paseo de los flamboyanes)

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