miércoles, 7 de mayo de 2014

La muerte al revés


 Sentirse pletórico de felicidad no era precisamente el pan de cada día entre las personas de su entorno, de modo que no podía evitar tener la agradable impresión de que era la persona más afortunada del planeta. Lo pensaba siempre, cada día, a todas horas; y aunque estuviera distraída, quizá tomando una copa con sus amigos o contando con entusiasmo una anécdota absurda, un zumbido intenso le recordaba, desde un discreto segundo plano, la emocionante realidad: todo iba bien.

Ese zumbido no hacía uso de palabras para comunicarse, sino de oleadas constantes de emoción que la desbordaban. Traducidas a cualquier idioma humano, el mensaje sería algo así como: “Oye, piénsalo un segundo: las cosas te van bien, la música te emociona más que nunca, la comida te sabe a gloria, el calor recorre tus venas, una corriente eléctrica constante te hace temblar. No está mal, ¿eh?”.

Y era cierto: no estaba nada mal.

Sería un día como otro cualquiera si no fuera por el sol, que brillaba más que nunca. No podía ser que incluso el buen tiempo la acompañase. Nadie podía tener una suerte semejante. Mientras los niños jugaban a perseguirse y a tirarse sobre la hierba tibia y brillante, ella se recostaba sobre un árbol y se acariciaba el vientre, que latía con la promesa de una nueva vida. El tronco era duro y joven, nada lo derribaría fácilmente. Se le ocurrió pensar que, si ella fuese un árbol, sería ese.

A su izquierda, un ronquido digno de ser tenido en cuenta sacudió a su marido, que se relamió los labios y se acomodó para seguir durmiendo. Ella lo miró y sonrió dulcemente, apretando su mano, cálida, tan cálida como la suya propia. Sabía que él también sentía ese frenesí, podía notarlo, pero tenían que turnarse: no era conveniente que los dos a la vez custodiasen los sueños mientras el mundo de la vigilia se quedaba sin protección; no mientras los niños estuviesen ahí. Ellos eran su futuro.

Y hablando de sueños...

La sonrisa serena que no había abandonado sus labios hasta entonces se tornó vacilante. De improviso, tuvo la sensación de que algo iba mal. Era la misma sensación de inquietud que tenía cuando, de niña, se topaba con algún payaso y pensaba que toda esa fachada de colores no era más que una mentira, y una que no le gustaba.

¿Qué diablos estaba haciendo allí? Cerró los ojos con fuerza, angustiada de repente, deseando que todo aquel descampado bañado por el calor desapareciera, que las risas de esos niños se esfumaran para siempre. Solo cuando su deseo se cumplió, se atrevió a volver a abrirlos.

Sus cuencas vacías recibieron la oscuridad del ataúd y sus manos putrefactas dejaron de crisparse sobre el pecho. Al mover el cuello a izquierda y derecha, un desagradable crujido llenó el espacio ausente de sonido. Luego, suspiró aliviada, aunque todo lo que salió de sus cuerdas vocales muertas fue una especie de estertor entrecortado.

̶ Eh ̶ alguien golpeó tres veces con el nudillo la pared de otro ataúd, a su derecha, aunque el ruido le llegó amortiguado por la tierra que había en medio. Era Tomás, el de la tumba de al lado ̶ ¡Eh, oye! Me ha parecido oír algo... ¿Estás bien? ¿Ocurre algo?

̶ Sí, Tom, tranquilo ̶ respondió ella, dibujando una sonrisa de dientes amarillos. La mitad de los labios se le habían podrido ya, así que no podía esconderlos ̶ , es que he tenido una pesadilla ̶ añadió ̶ : Soñé que vivía.

Cuento creado para el evento "Viaje, amor y muerte" (Paseo de los flamboyanes)

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