A veces a Niña le daba la impresión de que a Acorán le gustaba jugar con las lupas; porque si no, no era capaz de explicarse el efecto que producía el Sol al elevarse o descender tras el horizonte marítimo de color verde oscuro. En aquellos momentos parecía un redondel enorme cortado a la mitad, y todos esos destellos dorados podían ser perfectamente los de la lupa moviéndose para incordiar a los mortales que mirasen. Niña lo solucionaba fácilmente poniéndose una mano en la frente como si fuera una visera, pero aun así se veía obligado a achinar los ojos.
El humo de la pipa de su abuelo lo
alcanzó, como siempre, y su pequeño cuerpo se encorvó para toser.
Miró al viejo con reproche, pero el barbudo solo le devolvió una
mirada iracunda que decía a todas luces: “¿qué?”. Niña sabía
que no podía discutir con su abuelo porque siempre ganaba él, así
que se sentó sobre la cabeza de Kraus. Kraus era el nombre de la
enorme estatua gris erosionada que se alzaba sobre ellos y que, según
el abuelo, una vez había sido la escultura de un dios cantor; pero
la poca gente que aún quedaba ya lo había olvidado. La cabeza se le
había caído del cuello hacía ya tiempo y se había convertido en
un lugar ideal para apalancarse y descansar de un largo y tortuoso
día. También se le había caído el brazo, pero, a saber cómo,
había acabado en el agua. A veces Niña se asomaba al mar y creía
ver la mano de Kraus saludándolo desde las profundidades; y entonces le
daba los buenos días segundos antes de que su abuelo lo apartara de
la contaminación con una acalorada reprimenda.
Sentado con las piernas cruzadas, Niña
contempló boquiabierto, como cada tarde, la luz de Acorán
desvaneciéndose para dar paso a la noche; y como cada tarde también,
levantó los brazos e hizo muchos aspavientos mientras gritaba con
una vocecilla aguda:
- ¡Adió', adió', adió', adió',
adió'!
Al hacerlo, el trozo de tela sucio que
cubría su cuerpo se contrajo dejando ver un torso de costillas
sobresalientes. El aspecto del famélico mozo no era muy distinto al
de su abuelo con las excepciones obvias de la edad. El abuelo, para
empezar, tenía una enmarañada barba blanca que a veces parecía que
seguía teniendo algo de negro, aunque en realidad eso se debía a la
suciedad. También tenía tantas arrugas que parecía un mapa viejo
doblado muchas veces de distintas maneras; y como mapa que era, se
descubrían cosas cuando se interpretaba. Historias. Niña había
escuchado una historia en concreto cientos de veces, pero nunca se
aburría de ella.
- Yayo.
- ¿Mmm?
- Yayo, ¿me cuentas la historia del
Apocaipsis?
- ¿Otra ve'?
- Es q' me gusta.
- No, q' luego tienes
pesadillas y el q' no pue' dormí soy yo. Cuando
duermo m'gusta roncá a plaser sin q' ningún
nano llorica se me meta entre las sábanas 'cojonao.
- Pero me gusta.
- Eso ya lo has dicho.
- Pero...
- No va' a pará hasta
q' te la cuente, ¿no?
- No.
El abuelo suspiró largamente y, como
siempre hacía antes de empezar, chupó la pipa varias veces y se
puso a mirar las ruinas desiertas de su alrededor con un brillo
misterioso en los ojos. Junto a ellos se alzaban también las ruinas
de una cosa que se había llamado 'ditorio y que, según el
viejo, también había sido erigido en honor al dios cantor. De él
ya no quedaban sino muros desgastados que sobrevivían sobre montañas
de ladrillos y los cristales rotos de las ventanas. Del muro más
alto colgaba la mitad de lo que en su día debió ser una cúpula
blanca y en la parte trasera aún se veía un trozo de cara de
mujer. Era la parte que más fascinaba a Niña.
- ¿Q' te vi a contá
que ya no sepas? Un día, hace mucho tiempo, los dioses de lo'
aborígene' ileño
vivieron una etapa de eplendor. Sin embargo, cuando llegó el
Dios cristiano todos ellos fueron cayendo, uno a uno, en el olvido.
Mi abuelo siempre m'desía q' los dioses q' son
olvidados mueren, pero yo no lo creo; lo que yo creo es q'
hacen creer q'an muerto y, mientras tanto, van planeando su
vengansa.
Volvió a chupar la pipa y aprovechó
la cortina de humo densa para mirar de refilón a Niña. El crío lo
miraba con el mismo interés que el primer día, así que volvió a
suspirar y prosiguió, sin esperanzas de dejar ahí el relato:
- La vengansa llegó hace
mucho tempo. Un día, sin saber nadie poqué, la
eletricidá dejó de funcionar, el nivel d'lmá subió
y la Tierra tembló. Algunas personas recordaban que, días antes,
los sentíficos intentaron alertar al mundo d'algo
raro que estaba pasando 'llarriba en el espacio, pero nadie
les hizo caso; según mi abuelo, la gente vivía tan cómoda que se
había autoconvensío de que esa comodidad nunca acabaría.
Pero acabó y olvidamos poqué.
En este punto, Niña se estremeció y
el abuelo se dio cuenta. Dejó escapar una risa ronca y desdentada y
le frotó la carita sucia con un puño, con fuerza. Tenía unos
rasgos muy dulces; y eso, unido al largo y despeinado pelo negro, era
el motivo por el que el abuelo lo empezó a llamar Niña. Poco a
poco se convirtió en un nombre propio. “Es q' me'aba peresa
ponerte otro”, añadía.
- ¿Ya no quedan sentificos,
yayo? - Inquirió Niña. Para él, eran algo así como animales
mitológicos. Los más fascinantes.
- No, ijo,
no. Ahora solo 'tamos
tú, yo, alguno más y todo esto – señaló con un brazo viejo
todo el escenario apocalíptico hasta detenerse ambos en las ruinas
de más allá. Los pocos hierros que quedaban parecían tomar la forma de lo que una vez fueron pirámides; y
aún era visible un cuerpo destartalado de cuatro patas levantado entre un montón de escombros y que, una vez, fue otro animal
mitológico. El abuelo sonrió - ¿Te
'uento ahora
la historia de Gipto?
Gipto e' un lugá
q' no se sabe si existió...
Niña sonrió ilusionada y gateó para envolverse con la
capa y los brazos del abuelo. Acorán acababa de terminar de hundirse
y se avecinaba una noche muy fría. Pronto habría que hacer fuego.

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