miércoles, 26 de febrero de 2014

Acorán está mirando.


A veces a Niña le daba la impresión de que a Acorán le gustaba jugar con las lupas; porque si no, no era capaz de explicarse el efecto que producía el Sol al elevarse o descender tras el horizonte marítimo de color verde oscuro. En aquellos momentos parecía un redondel enorme cortado a la mitad, y todos esos destellos dorados podían ser perfectamente los de la lupa moviéndose para incordiar a los mortales que mirasen. Niña lo solucionaba fácilmente poniéndose una mano en la frente como si fuera una visera, pero aun así se veía obligado a achinar los ojos.

El humo de la pipa de su abuelo lo alcanzó, como siempre, y su pequeño cuerpo se encorvó para toser. Miró al viejo con reproche, pero el barbudo solo le devolvió una mirada iracunda que decía a todas luces: “¿qué?”. Niña sabía que no podía discutir con su abuelo porque siempre ganaba él, así que se sentó sobre la cabeza de Kraus. Kraus era el nombre de la enorme estatua gris erosionada que se alzaba sobre ellos y que, según el abuelo, una vez había sido la escultura de un dios cantor; pero la poca gente que aún quedaba ya lo había olvidado. La cabeza se le había caído del cuello hacía ya tiempo y se había convertido en un lugar ideal para apalancarse y descansar de un largo y tortuoso día. También se le había caído el brazo, pero, a saber cómo, había acabado en el agua. A veces Niña se asomaba al mar y creía ver la mano de Kraus saludándolo desde las profundidades; y entonces le daba los buenos días segundos antes de que su abuelo lo apartara de la contaminación con una acalorada reprimenda.

Sentado con las piernas cruzadas, Niña contempló boquiabierto, como cada tarde, la luz de Acorán desvaneciéndose para dar paso a la noche; y como cada tarde también, levantó los brazos e hizo muchos aspavientos mientras gritaba con una vocecilla aguda:

- ¡Adió', adió', adió', adió', adió'!

Al hacerlo, el trozo de tela sucio que cubría su cuerpo se contrajo dejando ver un torso de costillas sobresalientes. El aspecto del famélico mozo no era muy distinto al de su abuelo con las excepciones obvias de la edad. El abuelo, para empezar, tenía una enmarañada barba blanca que a veces parecía que seguía teniendo algo de negro, aunque en realidad eso se debía a la suciedad. También tenía tantas arrugas que parecía un mapa viejo doblado muchas veces de distintas maneras; y como mapa que era, se descubrían cosas cuando se interpretaba. Historias. Niña había escuchado una historia en concreto cientos de veces, pero nunca se aburría de ella.

- Yayo.
- ¿Mmm?
- Yayo, ¿me cuentas la historia del Apocaipsis?
- ¿Otra ve'?
- Es q' me gusta.
- No, q' luego tienes pesadillas y el q' no pue' dormí soy yo. Cuando duermo m'gusta roncá a plaser sin q' ningún nano llorica se me meta entre las sábanas 'cojonao.
- Pero me gusta.
- Eso ya lo has dicho.
- Pero...
- No va' a pará hasta q' te la cuente, ¿no?
- No.

El abuelo suspiró largamente y, como siempre hacía antes de empezar, chupó la pipa varias veces y se puso a mirar las ruinas desiertas de su alrededor con un brillo misterioso en los ojos. Junto a ellos se alzaban también las ruinas de una cosa que se había llamado 'ditorio y que, según el viejo, también había sido erigido en honor al dios cantor. De él ya no quedaban sino muros desgastados que sobrevivían sobre montañas de ladrillos y los cristales rotos de las ventanas. Del muro más alto colgaba la mitad de lo que en su día debió ser una cúpula blanca y en la parte trasera aún se veía un trozo de cara de mujer. Era la parte que más fascinaba a Niña.

- ¿Q' te vi a contá que ya no sepas? Un día, hace mucho tiempo, los dioses de lo' aborígene' ileño vivieron una etapa de eplendor. Sin embargo, cuando llegó el Dios cristiano todos ellos fueron cayendo, uno a uno, en el olvido. Mi abuelo siempre m'desía q' los dioses q' son olvidados mueren, pero yo no lo creo; lo que yo creo es q' hacen creer q'an muerto y, mientras tanto, van planeando su vengansa.

Volvió a chupar la pipa y aprovechó la cortina de humo densa para mirar de refilón a Niña. El crío lo miraba con el mismo interés que el primer día, así que volvió a suspirar y prosiguió, sin esperanzas de dejar ahí el relato: 

- La vengansa llegó hace mucho tempo. Un día, sin saber nadie poqué, la eletricidá dejó de funcionar, el nivel d'lmá subió y la Tierra tembló. Algunas personas recordaban que, días antes, los sentíficos intentaron alertar al mundo d'algo raro que estaba pasando 'llarriba en el espacio, pero nadie les hizo caso; según mi abuelo, la gente vivía tan cómoda que se había autoconvensío de que esa comodidad nunca acabaría. Pero acabó y olvidamos poqué.

En este punto, Niña se estremeció y el abuelo se dio cuenta. Dejó escapar una risa ronca y desdentada y le frotó la carita sucia con un puño, con fuerza. Tenía unos rasgos muy dulces; y eso, unido al largo y despeinado pelo negro, era el motivo por el que el abuelo lo empezó a llamar Niña. Poco a poco se convirtió en un nombre propio. “Es q' me'aba peresa ponerte otro”, añadía.

- ¿Ya no quedan sentificos, yayo? - Inquirió Niña. Para él, eran algo así como animales mitológicos. Los más fascinantes.

- No, ijo, no. Ahora solo 'tamos tú, yo, alguno más y todo esto – señaló con un brazo viejo todo el escenario apocalíptico hasta detenerse ambos en las ruinas de más allá. Los pocos hierros que quedaban parecían tomar la forma de lo que una vez fueron pirámides; y aún era visible un cuerpo destartalado de cuatro patas levantado entre un montón de escombros y que, una vez, fue otro animal mitológico. El abuelo sonrió - ¿Te 'uento ahora la historia de Gipto? Gipto e' un lugá q' no se sabe si existió... 

Niña sonrió ilusionada y gateó para envolverse con la capa y los brazos del abuelo. Acorán acababa de terminar de hundirse y se avecinaba una noche muy fría. Pronto habría que hacer fuego.

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